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La Supervisión Gestáltica de Paco Peñarrubia
Tomado de: Gestalt de vanguardia
Naranjo, Claudio (2002). SAGA ediciones. Argentina. PP. 68-88
Parte 2
III. Los temas de supervisión
Si pasamos a reflexionar qué es lo que se supervisa, el tema fundamental es obviamente el terapeuta: sus actitudes, su "awareness", su actividad. Este es el asunto central y a él le dedicaré la mayor parte de este apartado, pero quiero antes tocar otras dos áreas temáticas de la supervisión, que son el paciente y el proceso.
A. El paciente o cliente no "debe ser" supervisado, en principio. Con esto me refiero a que no tiene mucho sentido dedicarle tiempo a que el terapeuta se queje de lo "malo que es su paciente", actitud ésta que aparece frecuentemente en la (p.74) supervisión, y que tiene que ver con la comodidad y el narcisismo del terapeuta que quiere "buenos pacientes", colaboradores, comprometidos, que mejoren rápidamente y nos gratifiquen; en suma, que ya sea maduro alguien que viene precisamente por lo contrario. En el comercio se dice que el cliente siempre tiene la razón, que para eso paga, y aunque no es éste el mejor símil de nuestra profesión,(5) conviene no perder de vista que el paciente ya tiene bastante con su enfermedad, y que si manipula, agrede, se resiste, etc., no está haciendo sino su rol de neurótico y es tarea del terapeuta denunciarlo y trabajar con ello. Una vez aclarado que el paciente no es el foco de la supervisión sino su pretexto, hay algunos temas que se refieren a él y que incluyo en mis supervisiones:
1. La patología, como mapa orientativo para la comprensión del paciente. Reconozco mi desinterés hacia el psicodiagnóstico convencional, más allá de calibrar qué nivel de deterioro del "darse cuenta” u oscurecimiento de la conciencia se está dando en esa graduación de la neurosis a la psicosis. Lo que sí utilizo asiduamente es el Eneagrama, mapa de la personalidad procedente de la tradición sufí, que aporta una caracterología de nueve tipos y veintisiete subtipos, y que enfoca el punto ciego del carácter o falsa personalidad, a diferencia de la mayoría de las psicoterapias convencionales que trabajan sobre el síntoma. No es éste el lugar para extenderme más sobre la teoría del Eneagrama (remito a los escritos de Claudio Naranjo,(6) herramienta poderosísima en mi trabajo personal y en mi actividad profesional. Reconocer el carácter o rasgo principal del paciente nos ayuda en la supervisión a entender mejor su problemática y a analizar las dificultades del terapeuta con tal tipo determinado. No se trata de etiquetar y definir la estrategia derivada, sino de entender las diferencias y estar abiertos a soluciones creativas en vez de mecánicas... Por ejemplo, comprender (e incluso alentar) la rebeldía de un paciente cuyo carácter es sobredependiente, animar a la acción (incluso si parece equivocada) a otro cuya personalidad se caracteriza por la duda paralizante, apoyar las salidas agresivas de un tercero que tiende a retirarse con indiferencia, etc.
2. Áreas de dificultad y de dolor no percibidas por el terapeuta. A veces no consideramos la fragilidad de un paciente, y le exigimos más de lo que puede en ese momento o pasamos por encima de su dolor por no haberlo percibido empáticamente (que es la mejor forma de calibrarlo en todo su peso). En estos casos, lo que se supervisa realmente es la capacidad de apoyo del terapeuta, a través de la “compasión” (en el sentido más sano) hacia su paciente.
3. Como equilibrio de lo anterior, conviene igualmente percatarse de las manipulaciones del paciente. Reflexionar sobre cómo evita, trampea o manipula le permite al terapeuta recuperar y afinar su capacidad de frustración y denuncia. Aquí lo que se está supervisando son los recursos confrontativos del terapeuta, en relación con los juegos neuróticos de su cliente. Como decía Fritz, apoyar más de lo mínimo necesario es infantilizar al otro, y éste es un riesgo permanente en la relación terapéutica. (p.75)
Hace tiempo un grupo de profesionales de diversas orientaciones estuvimos estudiando y reflexionando durante dos años sobre el poder en los grupos,(7) que sería extrapolable al poder en toda situación terapéutica. Las conclusiones a las que llegamos es que el poder se reparte al cincuenta por ciento entre terapeuta y paciente (otra cosa es que pueda hacerse un uso narcisista y abusivo del poder). Si el terapeuta cuenta con el poder de los conocimientos, la técnica, la transferencia, el dinero... el paciente cuenta con el síntoma, la resistencia, la contratransferencia, el dinero (uno cobra/ pero ¿y si el otro no paga?), etc. Este reparto del poder reafirma el tradicional concepto dialógico de la Gestalt: "YO-TÚ", frente a cualquier otra concepción paternalista y autoritaria del paciente como víctima o falto de recursos o no responsable de sus males.
B. El proceso. La mayoría de las veces se trae a supervisión un problema concreto y está bien que así sea, aunque tampoco hay que desestimar la revisión del proceso como totalidad. Una visión panorámica de cómo está desarrollándose la terapia me permite incidir más directamente sobre los aspectos teóricos y técnicos.
1. Para eso es conveniente conocer los asuntos biográficos más significativos del cliente: su relación con los padres, su cultura familiar, escenas significativas de su infancia y adolescencia. También, cómo se relaciona actualmente con el mundo: situación laboral, afectiva... así como los motivos que lo trajeron a la terapia.
2. Lo siguiente es repasar qué ha ido sucediendo a lo largo de la terapia, a veces en secuencias cortas (sesión a sesión) o más largas (en tres meses, en un año), para ver qué temas han aparecido, cuáles han podido trabajarse o no, qué está faltando como "actividad" terapéutica. Por ejemplo: enfocar más en profundidad la relación con la madre, retomar un episodio doloroso que se tocó de pasada (aborto, ruptura de pareja), replantear pautas de conducta en los casos en que hay suficiente conciencia del problema pero falta plasmarlo en la realidad (buscar trabajo, romper una relación, solucionar tal situación inconclusa, etc.).
3. Reflexionar sobre aquellas intervenciones del terapeuta o propuestas de trabajo que más movilizadoras hayan resultado a lo largo del proceso: aquel día que el paciente pudo explotar de ira dialogando con su "top-dog", la sesión en que trabajamos exclusivamente a través del cuerpo y el movimiento, la denuncia y confrontación de su incumplimiento del horario o de los pagos, el día que le propuse confesar sus sentimientos negativos, o amorosos... Se trata de una reflexión sobre la técnica, sopesando qué abordajes, intervenciones, ejercicios, etc., se han revelado útiles y cuáles no en cada caso concreto, puesto que lo que funciona con un paciente no tiene por qué resultar efectivo con otro.
4. Pongo especial atención, en toda esto lectura panorámica, a los aspectos transferenciales (tanto del paciente como del terapeuta) y cómo ha ido evolucionando (p.76) el vínculo a lo largo del tiempo. Porque la finalidad última de este análisis del proceso es, como siempre, supervisar al terapeuta: si su actitud está siendo correctora o si, por el contrario, está reproduciendo las condiciones que han generado o perpetuado la neurosis del cliente. Tomemos un ejemplo: un terapeuta me expresaba su sensación de atascamiento con una persona desde hacía cuatro sesiones, Nos remontamos al encuentro anterior al impasse. Conforme va reconstruyendo la sesión, descubre que se sintió decepcionado porque su paciente había tomado una decisión que él no compartía, Se lo calló por falso respeto, pero ahora se da cuenta de que le ha transmitido este desencanto de muy sutiles maneras. El paciente, por su parte, ha vivido siempre con la culpa de haber defraudado las expectativas de su padre. La terapia está reproduciendo esta misma situación y cabe suponer que aquí radica el bloqueo. En otro caso, el terapeuta no pone límites a las provocaciones continuas del paciente (que ha actuado siempre así con su familia); otro terapeuta reproduce con su paciente mujer la misma ambivalencia que la marcó a ésta con su padre: hay una permanente seducción, sin conciencia, y a la vez mucha angustia a reconocer el deseo sexual que siente hacia esta paciente. En todos estos casos podemos hablar de repetición compulsiva, de actualización de lo inconcluso o como queramos llamarlo, pero no de situación correctora. La supervisión ayuda aquí a poner conciencia en lo que era mecánico, y su efecto expansivo va a modificar la relación terapéutica, a veces por simple contagio (al darse cuenta, el terapeuta cambia su actitud y eso mismo abre la terapia en otras direcciones), a veces explicitando ese descubrimiento y llevándolo a la sesión para trabajarlo con el paciente.
5. Por último, quiero señalar la importancia de reflexionar sobre el proceso en el encuadre grupal. Aquí es más necesaria, si cabe, la revisión panorámica para entender por qué fases ha pasado y está pasando el grupo, cómo es la cultura que se está configurando, qué mecanismos han contribuido a anquilosar la comunicación, qué tabúes y normas implícitas están actuando, etc. Existen varios modelos de grupo que son útiles como mapas (siempre que no confundamos el mapa con el territorio) y que dan luz a la hora de supervisar algo tan complejo como el grupo. (8)
C. El terapeuta. Es el objeto de la supervisión, como ya hemos venido viendo aunque habláramos del paciente o del proceso.
Ser terapeuta es tan difícil y arriesgado como ser persona. No lo concibo por tanto ni como un rol ni como una profesión, sino a lo máximo como un oficio (encendiendo que nos referimos a una vocación); un oficio artístico que echa raíces en el interior, que se alimenta de inseguridad y que crece apelando a todos los recursos creativos de que somos capaces.
La supervisión del terapeuta actualiza esta práctica tradicional de los gremios artesanales donde el aprendiz da sus primeros pasos ante la mirada más experta del maestro. Esto no quiere decir que la supervisión sólo le sirva al aprendiz. Lo que pasa es que el terapeuta principalmente tiene algo entrañable: el estado de gracia del neófito. Desafortunadamente, este estado de gracia inicial luego se (p.77) va perdiendo; cuanto más sabe uno, más cuenta se da de lo mucho que no sabe, además de perder la frescura original, los benditos riesgos de la “inconsciencia", que acaban haciéndonos más expertos y serios y, paralelamente, más conservadores. Al terapeuta novato se le diagnostican actitudes mesiánicas y entusiastas, impaciencia por curar al otro, narcisismo omnipotente y cosas parecidas con las que (no) estoy de acuerdo pero no censuro. Yo creo que sin narcisismo (si es que esto puede concebirse) nadie se metería en este oficio tan complicado y comprometido. Así es que concluyamos que dicho narcisismo es, en primer lugar, inevitable y, en segundo lugar, útil como motor profesional y, por último, tema fundamental de trabajo interior, ya que antes o después uno acaba descalabrándose, y de eso se suele aprender mucho.
Pero vayamos paso a paso, exponiendo los temas de supervisión que con más frecuencia me he encontrado en torno al terapeuta.
1. La relación es el ámbito fundamental de la terapia, donde confluyen terapeuta, paciente y proceso. La terapia así entendida no puede impartirla ni un libro ni un ordenador bien programado, sino que es el resultado del encuentro humano. Pero la relación es algo más que el encuentro físico: su potencia transformadora y curativa depende de la actitud del terapeuta/ y no olvidemos la primacía de la actitud (en palabras de Claudio Naranjo) sobre los recursos técnicos.
Supervisar la calidad de la relación terapéutica nos lleva a reflexionar sobre la presencia y el contacto del terapeuta.
2. La presencia. Si el terapeuta "no está" (o está sólo físicamente), la relación queda desposeída de todo contenido humano real, A eso se refería Fritz al decir que el gestaltista combina frustración y simpatía, mientras que el terapeuta apático (el que no está) de poco sirve.
Esta es la forma más burda de ausencia (desinterés, estar en otra cosa...) pero hay formas más sutiles de falta de presencia. La que he observado más a menudo en supervisión es cuando el terapeuta se desconecta de sí como persona y se queda en el rol. Entonces, actúa como se supone que debe ser el terapeuta ideal: maduro/ neutro, respetuoso, "sabelotodo",.. enmascarándose en este modelo y desapareciendo tras él. Otras veces, el terapeuta se ausenta en sus diálogos internos teórico-técnicos; desaparece como interlocutor y se dedica la sesión a sí mismo o, mejor dicho, a su intelecto, a su "maquinita de hacer terapia": diagnosticando mentalmente, interpretando, sopesando qué intervención sería más eficaz... Incluso pone en práctica esa intervención brillante o ese ejercicio estupendo, y cuando el paciente lo juega tampoco lo escucha porque está imaginando qué dirían otros colegas si le vieran este bien hacer, o cómo admiraría su maestro semejante creatividad...
Digamos, en resumen, que d terapeuta no está con su paciente, y suelo ser bastante confrontativo cuando percibo en la .supervisión esta falta de presencia real, de estar entero y comprometido, tanto si se trata de una practica in situ (con preguntas del tipo: ¿para quién estás trabajando?) como en la supervisión de casos, donde tengo bastante buen olfato para saber si el caso me lo están “enseñando" (p.78) a mí y a los compañeros de supervisión pero no compartiéndolo desde dentro. Aunque suene a generalización, tengo constatado que la misma actitud que aparece en la supervisión corresponde a la que el terapeuta tiene con su cliente, así es que me fío mucho de lo que observo en el presente de la supervisión para denunciar la falsedad de la pseudopresencia en la terapia.
3. El contacto. Seguimos hablando de lo mismo, ya que, si el terapeuta no está, tampoco puede contactar con el otro. La contrapartida del terapeuta que se pone técnico y profesional es que con quien contacta es con un caso, no con una persona, y la relación se convierte en un juego de fantasmas.
Si el terapeuta considera grave ese "caso", suele asustarse, y el miedo va a restarle mucha de su potencia y de sus recursos terapéuticos. En supervisión, cuando indago qué temores tiene el terapeuta hacia su cliente, por qué no está siendo claro y asertivo con él, etc., es frecuente que aparezcan respuestas del tipo: "si le digo eso, se desmorona", "si le frustro, temo que se suicide", "no puedo tratarlo de otra manera porque está muy deprimido". Incluso si están percibiendo bien la patología del paciente, suele haber un plus de fantasía (de zona intermedia o maya/ como diría Perls) que desvirtúa el contacto porque sólo deja ver la enfermedad. También podemos entenderlo como proyecciones del terapeuta (su propio miedo a la locura o a la muerte), pero la proyección no es sino otra forma de romper el contacto auténtico.
Otras veces, el "caso" se considera fácil y el terapeuta hace todo el despliegue técnico adecuado para que se cure rápidamente. Este es otro tema frecuente en supervisión: la impaciencia del terapeuta, que no lo deja ver al otro como la persona que es sino como un mecanismo de relojería (neurótico, eso sí) que hay que arreglar siguiendo el manual de instrucciones. Esta persecución del éxito terapéutico tampoco permite un contacto real con el otro. El terapeuta se pone exigente, no tolera supuestos "pasos atrás" y no se percata de cuántas expectativas propias está depositando sobre los hombros de su paciente. En estas situaciones, acostumbro "alentar la recaída" del terapeuta, como Milton Erickson hacía con sus pacientes, preparándolos para las inevitables fases de contracción que sobrevienen a las fases de expansión (Naranjo dice que precisamente en la contracción está la bendición), para así disolver esta impaciencia; y no conozco mejor antídoto que referir al terapeuta a su propio proceso personal; cuánto tiempo le llevó darse cuenta de ciertas cosas, cómo éstas reaparecen conflictivamente después de creerlas superadas, qué cortas son las subidas y cuan largos los descensos... El pensamiento lineal es muy desaconsejable a la hora de entender los fenómenos humanos y los avatares de la relación.
4. El uso del sí. Es un antiguo aforismo de los Polsters que "el terapeuta es el instrumento de la terapia", y tenemos los videos de Fritz para no olvidamos de cómo se utilizaba a sí mismo en sus sesiones. Los límites entre implicación y neutralidad han sido objeto de reflexión y discusión en todas las doctrinas psicoterapéuticas, desde los consejos de Freud a los médicos psicoanalistas, recomendándoles como modelo "al cirujano que deja de lado todos sus afectos y aun su (p.79) compasión humana y concentra todas sus fuerzas espirituales en una meta única: realizar una operación lo más acorde posible a las reglas del arte [...]. Aquella frialdad de sentimiento que cabe exigir del analista se justifica porque crea para ambas partes las condiciones más ventajosas: para el médico, el muy deseable cuidado de su propia vida afectiva; para el enfermo, el máximo grado de socorro que hoy nos es posible prestarle [...]. El médico no debe ser trasparente para el analizado, sino, como la luna de un espejo, mostrar sólo lo que le es mostrado". (9)
Muchos años más tarde, Lacan propugna para el terapeuta el lugar del "muerto”, del "sujeto no deseante", que supongo que será una metáfora, porque de lo contrario se trataría de algo utópico o incluso delirante, ya que no concibo este oficio sin un genuino interés humano por el otro. Claudio Naranjo rescata de Perls este uso de sí: "Fritz también era un gran manipulador de personas y en una de mis primeras conversaciones con él definió su actividad precisamente como eso. Pero más allá, era alguien que se usaba a sí mismo, si con 'usar' nos referimos a creer en la primacía del encuentro por encima de cualquier cosa [...]. Y además la Gestalt ha sido una inspiración a la psicoterapia en general por esa mayor libertad otorgada al terapeuta, para que éste pueda utilizarse a sí mismo como persona más que como técnico o como espejo."(10)
A la hora de supervisar, se plantea por tanto un aparente dilema: ¿cómo usarse a sí mismo y a la vez mantener esa neutralidad que parece deseable en todo terapeuta? Si tomamos la neutralidad como algo extrínseco, se convertirá en una técnica, en un enfriar el mundo emocional del terapeuta, en una represión de su contratransferencia, lo que conlleva desproveerse de una de sus mejores herramientas. El propio psicoanálisis actual desaprueba esta represión como restos del orden patriarcal infiltrados en la situación analítica: "La poca elaboración científica de la contratransferencia es expresión de una 'desigualdad social' que mentalmente aún parece subsistir en la sociedad analista-analizado y señala la necesidad de una reforma social'; ésta sólo puede provenir de una mayor conciencia de la contratransferencia. En efecto, mientras reprimimos, por ejemplo, el querer dominar neuróticamente al analizado (¡y lo queremos en una parte de nuestra personalidad'), no lo podemos liberar de su dependencia neurótica, y mientras reprimimos el estar dependiendo de él neuróticamente (¡y lo estamos en parte.'), no podemos liberarlo de su necesidad de dominarnos neuróticamente," (11) Es una herencia de generación en generación, que el candidato a psicoanalista aprende en su propio análisis didáctico por la falta de transparencia de su analista: "Hay que comenzar con la revisión de nuestra posición frente a la propia contratransferencia, buscando una mejor superación de los ideales infantiles y aceptando en mayor grado ser niños y neuróticos aun siendo adultos y analistas: sólo así, venciendo mejor la represión de la contratransferencia, se conseguirá el mismo resultado en el candidato (alumno). "(11)
Hay que tomar, por tanto, la neutralidad como algo intrínseco, como resultado del proceso de maduración interior. Perls aludía al pensamiento diferencial, al punto cero de indiferencia creativa (en palabras tomadas de Friedlaender) como un posicionamiento interior desde el cual trabajar. Claudio Naranjo traduce esta habilidad de Perls como una actitud de no apego que le permitía no engancharse, utilizar tanto los sentimientos cálidos como los negativos, y todo ello con fluidez,(p.80) al servicio del otro y de sí en un continuum de autenticidad. Esta neutralidad como estado psicológico (más poderosa que la "atención flotante" o el "escepticismo benevolente" de Freud) es propia de alguien con un gran desarrollo interior, lo cual no es el caso del terapeuta principiante; sin embargo, puede entrenárselo en esta dirección, y no conozco mejor camino que alentar en la supervisión al terapeuta a usarse, tanto en sus mejores recursos como en sus aspectos más neuróticos. No se puede cambiar algo si no se lo conoce previamente y en profundidad, así es que recomiendo que aprovechen el impartir terapia para conocerse mejor a sí mismos. Suelo decir en broma que nunca estaremos seguros de si lo que hacemos le sirve al paciente, pero lo que sí es seguro es que a los terapeutas nos hace crecer en la idea, aunque descontextualizada, de los Polsters, de que "la terapia es demasiado beneficiosa para dejársela sólo a los enfermos". Yo creo que es tan beneficiosa para el paciente como para el terapeuta; es más, creo profundamente que, en la medida en que nos sirve a los profesionales, nos permite contagiar salud, es decir, autenticidad o, lo que es lo mismo, aprender a ser. También he observado entre mis colegas de más experiencia que nuestro trabajo tiene sentido en la medida en que nos provee de autoconocímiento; cuando éste se va colmando, lo normal es dejar de hacer terapia, o cambiar muy significativamente la forma de hacerla, derivando hacia los terrenos de la producción creativa y artística.
FIN PARTE II
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